Cuando revisamos los procesos y reclamaciones que hemos acompañado en el último año, algunas especialidades aparecen con mayor frecuencia: Ginecoobstetricia representa el 11,6 % de los casos analizados, Cirugía General el 11,2 %, Anestesiología el 8,5 % y Ortopedia el 8,0 %. En conjunto, estas cuatro especialidades concentran el 39,3 % de los asuntos revisados.
El dato es relevante, pero también exige una precisión. No estamos frente a un estudio estadístico sobre la probabilidad de ser demandado, ni estos porcentajes permiten concluir que los profesionales de estas especialidades se equivoquen más o ejerzan de manera menos segura. Para hacer una comparación de esa naturaleza sería necesario considerar el número de especialistas, el volumen de pacientes y procedimientos, su complejidad y muchas otras variables.
Lo que muestran estos datos es nuestra experiencia jurídica: cuáles especialidades tienen mayor presencia entre los casos que hemos atendido y, sobre todo, qué situaciones se repiten en ellos. Su utilidad no está en construir un ranking de especialidades “riesgosas”, sino en aprender de los casos para reconocer dónde conviene extremar los deberes de diligencia en el ejercicio profesional.
Índice
Al revisar las reclamaciones por especialidad, aparecen algunos patrones que vale la pena observar con cuidado.
En todas estas especialidades se repiten, además, dos factores transversales: dificultades en el registro de la atención y problemas de comunicación con el paciente o su familia.
Es importante tener presente que un desenlace adverso no equivale automáticamente a una actuación negligente. La medicina se ejerce, en muchos casos, en condiciones de incertidumbre; existen enfermedades de difícil diagnóstico, complicaciones inherentes a los procedimientos y desenlaces graves que pueden ocurrir aun cuando la actuación profesional haya sido adecuada.
Por eso, en nuestro ejercicio legal insistimos en que una decisión clínica no debería juzgarse retrospectivamente con toda la información que se conoció después. La pregunta debe ser otra: ¿qué información tenía razonablemente disponible el profesional en ese momento y qué hizo frente a ella?
Pese a la realidad de la práctica asistencial, nuestra experiencia permite identificar actuaciones que pueden contribuir a prevenir conflictos aun en escenarios difíciles. Cuando existe una reclamación, estas conductas pueden resultar determinantes para demostrar que el profesional actuó con diligencia. En concreto, se trata de ejercer una medicina atenta a la evolución, prudente frente a la incertidumbre, oportuna en sus decisiones, clara en la comunicación y rigurosa en sus registros.
No basta con dejar constancia de la decisión; también es importante documentar por qué se tomó. En los casos complejos, una historia clínica que refleje los hallazgos relevantes, las alternativas consideradas y las razones de la conducta puede hacer una enorme diferencia años después. Cuando aparece un signo de alarma, se materializa un riesgo o surge una complicación, el registro debe permitir identificar el hecho y la respuesta: qué se hizo, cuándo se hizo y con qué información disponible se actuó.
El consentimiento informado debe ser más que una firma. Los riesgos relevantes, las alternativas, las expectativas y los cuidados requeridos deben explicarse de forma comprensible y ajustada a las circunstancias particulares del paciente.
Una interconsulta, la discusión de un caso, una remisión oportuna o reconocer que el paciente requiere otro nivel de atención no son signos de debilidad profesional. En determinadas circunstancias, son precisamente la conducta prudente.
Cuando ocurre un evento adverso o un resultado inesperado, la forma en que se informa y acompaña al paciente y su familia puede ser determinante. Comunicar oportunamente lo que se conoce, explicar las medidas adoptadas y evitar conclusiones o atribuciones de responsabilidad sin información suficiente ayuda a manejar adecuadamente el evento y puede prevenir que una situación clínica compleja evolucione hacia un conflicto médico-legal.
La recomendación, entonces, no es practicar una medicina defensiva ni ordenar exámenes o procedimientos innecesarios por temor a una reclamación. Es ejercer la medicina de forma ética, responsable y segura.
Según la experiencia de FEPASDE en el último año, Ginecoobstetricia, Cirugía General, Anestesiología y Ortopedia concentran el 39,3 % de los casos revisados, aunque esto no implica que sean las especialidades con mayor riesgo estadístico de ser demandadas.
No necesariamente. Un desenlace adverso no equivale automáticamente a una actuación negligente, ya que la medicina se ejerce muchas veces en condiciones de incertidumbre con complicaciones inherentes a los procedimientos.
No basta con registrar la decisión tomada; también es clave documentar el razonamiento clínico, los hallazgos relevantes, las alternativas consideradas y la información disponible en el momento de actuar.
No. La recomendación no es ordenar exámenes o procedimientos innecesarios por temor a una reclamación, sino ejercer la medicina de forma ética, responsable y segura.